Episodio 40. Zascas Virales y Leyes Reales: la dignidad no se negocia.
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Seguro que estos días, si os habéis asomado por LinkedIn, os habéis encontrado con un pantallazo que se ha vuelto completamente viral. Un candidato senior relata cómo, ante la típica pregunta de un reclutador sobre qué edad tenía, le soltó un "zasca" de los que hacen época. Le dijo, palabras textuales: «Tengo la edad en la que un error tuyo me va a costar cinco minutos resolverlo, mientras que a un júnior le costará tres meses y una pérdida de miles de euros».
El aplauso en las redes ha sido unánime. Y lo entiendo perfectamente. A todos los que sumamos décadas de experiencia nos da un escalofrío de satisfacción escuchar algo así. Es un grito de orgullo frente a la frustración de sentirnos juzgados por un número.
Sin embargo, cuando el ruido de los aplausos se calma... queda un poso amargo. Y hoy, en este episodio número 40, quiero que bajemos a la realidad de la mano de profesionales como el abogado Francisco Fernández Yuste, que ha puesto el dedo en la llaga. ¿Por qué nos conformamos con celebrar un "zasca" ingenioso cuando lo que se está cometiendo en ese despacho es una injusticia?
Amigos, al aplaudir masivamente estas respuestas, a veces caemos en la trampa de la normalización. Estamos aceptando que el reclutador tiene derecho a hacer esa pregunta. Y quiero decirlo alto y claro: en España, preguntar la edad en un proceso de selección es directamente ilegal. Atenta contra el artículo 14 de nuestra Constitución y la Ley 15/2022 de no discriminación. No es una pregunta incómoda; es una vulneración de tus derechos. Cuando convertimos una ilegalidad en el escenario para un chiste, le quitamos gravedad al asunto y permitimos que sigan usando filtros invisibles.
Frente a este mercado laboral irreal que pretende deshumanizarnos, la solución no es atacar a otras generaciones ni perder los papeles. Se puede responder desde la educación más absoluta y con una firmeza demoledora.
Hace poco, en una de las penúltimas entrevistas a las que acudí, me encontré exactamente en esa situación. Me preguntaron la edad. En ese instante, miré al reclutador y, con toda la educación del mundo, le respondí que mi edad no era lo relevante allí, sino cuestiones mucho más profundas como mi formación, mis valores y mi experiencia.
Eso es responder con dignidad. Eso es desarmar el prejuicio y obligar al sistema a mirarse en el espejo. Como bien sugería Fernández Yuste, otra opción impecable es preguntar: «Por curiosidad, ¿de qué manera influye mi edad en las necesidades específicas de este puesto?». Ahí se acaba el teatro de moqueta. Si la empresa es seria, rectificará; si se incomodan o te dan largas, ya sabes que sus valores son de cartón piedra y que no merecen tu talento.
No somos números en un balance de costes. Somos el motor que mantiene los proyectos en marcha. Dejemos de aplaudir los zascas y empecemos a exigir, con la cabeza muy alta, el respeto y la legalidad que nos corresponden.
Porque recordad siempre... el talento no tiene fecha de caducidad. ¡Hasta el próximo episodio!
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